5 de septiembre de 2008

CAMINO AL PARAISO: LA EXPERIENCIA MUSICAL DE LA GRAN CHIQUITANIA BOLIVIANA

(Por Rubén Darío Suárez Arana). A fines del Siglo XVII un grupo de jesuitas se adentró en el corazón de Sudamérica, en la selva y sierras al Sur de la Amazonia, con la misión de evangelizar a los nativos en forma pacífica, respetando la cultura aborigen. Fundaron reducciones en las cuales los indígenas y misioneros pudieron mutuamente ilustrarse y aprendieron oficios manuales y a cultivar la tierra, al tiempo que eran introducidos en la práctica de la pintura, la escultura, la música y el baile, como formas de alabanza y acercamiento al Señor. Una labor que se prolongó sólo por siete décadas hasta que en 1767 la corona española prohibió la presencia en el Nuevo Mundo de la orden fundada por San Ignacio de Loyola.

En términos artísticos, el legado más visible de la influencia jesuita en esta región es la hermosa arquitectura barroca mestiza de las iglesias y conventos, en los cuales se puede apreciar cómo la técnica clásica aprendida por los nativos se convirtió en un arte enriquecido con sus propias visiones.

Menos notoria a primera vista, pero quizás por eso más cautivadora, es la herencia dejada por estos religiosos en la zona de Chiquitos, ubicada en las serranías bolivianas, al oriente de la ciudad de Santa Cruz: En lo que hoy son pequeñas y humildes aldeas que no disfrazan su miseria, alejadas de las comodidades de la civilización, las carencias materiales son minimizadas por la vibración de las cuerdas de un violín o el silbido de una flauta traversa viajando por partituras de Bach o Vivaldi. Al interior de chozas con paredes de adobes y techos de paja, cientos de chquitanos, en su mayoría adolescentes, alimentan día a día su alma con música.

En las venas de la mayoría de ellos corre sangre guaraya y chiquitana, pueblo nativo que hace tres siglos se dejó maravillar por el inédito equipaje de los hermanos jesuitas que se aentraron por estas tierras. Violines, violas, violoncellos, flautas, oboes, trompetas e incluso arpas fueron los instrumentos de conversión usados por los religiosos que parecían confiar más en el poder civilizador de la música sacra que en los rigores del catecismo. Un detalle que los indígenas supieron apreciar, pues la música ya formaba parte de su cultura, hasta el punto de ser considerada como su forma de conexión con la divinidad.

La presencia de la Compañía de Jesús entregó a los indígenas la posibilidad de expresar con instrumentos tradicionales los ritmos que ancestralmente llevaban en su corazón. No estaban ante algo nuevo, la música era su modo de vivir y morir. Los guarayos creen que al dejar este mundo, en su camino al paraíso, deben cruzar un río en el lomo de un enorme “caimán peludo”, el cual les exige que interpreten música como peaje. Según la belleza de la melodía, la bestia decide si lleva al intérprete a la otra orilla o lo bota al río para devorar su alma.

Este vínculo con la música puede explicar por qué, tras la partida de los jesuitas, en las sierras orientales de lo que hoy es Bolivia perduró el influjo sonoro. Algunos continuaron con la fabricación artesanal de sus propios instrumentos, otros supieron transmitir a sus descendientes la memoria de la composición barroca nacida de la fusión indígena europea, expresada en misas, fugas, sonatas e incluso una ópera en la que un anónimo chiquitano recreó el diálogo entre San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier.

Gracias a la restauración de las Iglesias de las misiones jesuíticas de Chiquitos por parte del suizo Hans Roth y un equipo de bolivianos e constató que la vida artística que perduraba en los reductos aledaños a ellos, en 1991 la UNESCO declaró como Patrimonio Cultural de la Humanidad a las aldeas de San Javier, Concepción, San Miguel, San Rafael, Santa Ana y San José de Chiquitos, en su condición de pueblos vivos. Se comenzó a generar un movimiento turístico y económico en torno a ellas y un interés por la belleza que guarda el Archivo Musical de Chiquitos. La intención por difundir este patrimonio se materializó en abril de 1996 con la realización del primer Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca Americana Misiones de Chiquitos, el cual se ha repetido cada dos años con incomparable éxito.

Para la primera versión del festival, los organizadores nos invitaron a Arturo Molina Damián Vaca y a mi, para que formemos un grupo musical que representara a la región, nosotros entusiasmados con la idea, nos dimos la tarea de construir un coro y una orquesta con el material proporcionado por Marcelo Araúz, Alcides Pareja, Cecilia Kenning y el director artístico Piotr Nawrot.

Los organizadores conocían de una experiencia que habíamos tenido en Urubichá y pensaron que lo ideal sería re intentar construir aquel sueño.

Fue en las vísperas del primer festival cuando planteamos al padre franciscano Walter Neuwirth y la hermana Luzmila Wolf, el desafío que implicaba trabajar durante tres meses para cumplir con el compromiso asumido. A partir de ese momento fue un crecimiento permanente basado en la fuerza de la fe, confianza en el trabajo en equipo y sabíamos que el resultado sería unicamente armonioso.

Era soñar en grande y los franciscanos nos reflexionaban a cada instante, pero siempre con la idea de mejorar el trabajo y que la comunidad viera en la música una nueva esperanza y camno al progreso y desarrollo, era necesario contar con la mirada permanente de los apóstoles, aquellos que desde hace treinta años estaban a cargo de l aparroquia de Urubichá, a 340 km al norte de Santa Cruz. Los religiosos, alemán y austríaca, sentían que todos sus esfuerzos realizados hasta ese entonces se hacían infructuosos ante la deprimente realidad social del pueblo, el nuevo incentivo tenía que traer consigo cambios que permitieran a la población rural mostrar al mundo de sus habilidades, potencialidades, desafíos y limitaciones.

Sus 4.000 habitantes, en su mayoría guarayos, conviven con la miseria, la falta de trabajo y el alcoholismo. En la mayoría de las familias sólo las mujeres ganan algo de dinero por sus tejidos, pero los ingresos son escandalosamente bajos: por una hamaca, que demoran una semana en tejer, reciben apenas unos 10 dólares. En Urubichá cualquier avance de la civilización resulta casi una utopía. Ahí no hay automóviles, sólo burros, caballos y bicicletas; no hay agua potable, mientras que la electricidad sólo está disponible para quienes disponen de un motor a gasolina.

A pesar de esta dramática realidad, los misioneros veían una puerta de salida. Advertían que la única alegría de los aldeanos estaba vinculada a la música, pues no perdían oportunidad para recrear las viejas canciones que sus antepasados aprendieron de los jesuitas, razón por la que les proveían de instrumentos musicales apenas tenían oportunidad de conseguirlos.

La propuesta que me hicieron era simple: querían formar una orquesta sinfónica y un coro integrado por habitantes de Urubichá, como una forma de motivar a los niños y jóvenes a participar en el recién creado Instituto de Formación Integral, el cual enseñaría destrezas de utilidad como carpintería y costura. Así, se daría el primer paso para salir del círculo vicioso en el que estaban sumidos los habitantes de este pueblo.

Al comienzo pensamos que se trataría de un grupo amenizador para los cantos de la Iglesia como cientos de otros, pero pronto fue necesario asumir la magnitud del primer desafío: participar en el Festival Misiones de Chiquitos. Orquestas de todo el mundo vendían a tocar a las Iglesias jesuitas en un festival que marcaba la resurrección del barroco americano, oportunidad que el padre Walter no quería dejar pasar. Urubichá debía decir presente.

Tenía tres meses por delante y había que partir de cero. Tenía a mi cargo a medio centenar de niños que carecían de conocimientos y técnicas de interpretación musical. Pero llevaban el ritmo en la sangre, la falta de estudios o práctica las reemplazaban fácilmente con un instinto naturalmente condicionado a la armonía sonora. Sin partitura, eran capaces de aprender de memoria obras de gran complejidad. El uso de los instrumentos y la voz fluía en forma natural, sólo había que encauzarlos.

Fueron tres los conciertos que realizamos en ese primer festival. La concurrencia no salía de su asombro, al escuchar a niños sin educación musical alguna que sonaban como estudiantes de un conservatorio. En medio de los calurosos aplausos y vítores, sentía que no había nada más maravilloso que estos jóvenes, que sólo habían conocido la pobreza y el abandono, fueran premiados con la misma emoción, admiración y respeto con que fueron recibidos los más destacados intérpretes del continente.

Lo que ocurrió tras esos conciertos y en los cientos que se han realizado hasta nuestros días es casi propio de un guión cinematográfico. Nuestro grupo no sólo siguió presentándose en los Festivales Misiones de Chiquitos, ni se limitó a tocar y cantar en otros pueblos y ciudades de Bolivia; pronto los llamados eran desde países vecinos y lejanos. Comenzaron las giras por toda América y Europa, los elogios de la crítica especializada, el orgullo de una nación que sentía que por fin su nombre brillaba en el firmamento internacional por algo tan noble como el arte y mediante protagonistas tan puros y transparentes como estos niños.

Luego de tanto éxito debíamos crear una institución que nos sobreviviera, pero que también recoja en su seno las necesidades de una niñez ávida de desarrollar sus hab ilidades artísticas. Asumimos el desafío transformador de incluir en una sola escuela la capacitación para música, artesanías (tejidos, bordados y carpintería) y le dimos por nombre Instituto de Formación Integral, una criatura que empieza a dar sus frutos y que se convirtió en el espacio para soñar.

Nos queda generar un nuevo cambio, el perfeccionamiento no se construye únicamente con sueños, voluntad, esfuerzos. Es necesario involucrar a diversos sectores y personas convencidas de que el desarrollo sostenible tiene que ser humano, para ello hemos dado el difícil paso de demostrar que es posible construir una sociedad a través de sus manifestaciones culturales.

Ahora vemos que caminando poco hemos llegado muy lejos y los desafíos cada vez son mayores, pero paradójicamente la música siempre fue el medio eficaz para ayudar a mejorar las necesidades básicas de un pueblo; es que si tan sólo fuera dirigir una orquesta.

Vivimos hitos inolvidables, como el Premio Bartolomé de las Casas 2003, entregado por el Príncipe Felipe de Asturias, “en reconocimiento a su labor de preservación y enriquecimiento del valioso patrimonio artístico y musical de las reducciones jesuíticas, como instrumento de articulación de las comunidades indígenas y el diálogo entre las culturas”, como declaró en su discurso. O la emocionante presentación del violinista Lisando Anori y el violoncellista Dionisio Aguape, que con apenas 17 y 20 años respectivamente, ejecutaron piezas de música extraída de los archivos de Chiquitos ante el mismísimo Papa Juan Pablo II, en el Vaticano, al conmemorarse los 160 años de la Infancia Misionera.

Ya son casi 1.000 los niños y jóvenes de Urubichá que han cursado estudios de música o artesanías en el Instituto de Urubichá. Muchos de ellos han visto cambiar sus vidas y las de sus familias. No sólo por los viajes o esas fotos que muestra con orgullo con autoridades o presidentes, también peorque su paso por el coro o la orquesta les ha servido para aumentar su autoestima, para saber que pueden encauzar su futuro por caminos distintos a los que estaban predestinados. Algunos de los primeros músicos, que hoy rondan por los 25 años, pudieron estudiar un oficio o profesión gracias a becas universitarias generadas pro el impacto d esa difusión artística. Hoy son enfermeros o incluso maestros de este mismo coro, recibiendo una remuneración que difícilmente habrían obtenido si este proyecto nunca hubiera salido a la luz. Ya no dependen solamente de una agricultura de subsistencia o de los tejidos, tampoco están obligados a dejar los estudios a los 15 años porque no había otra opción. El coro y la orquesta, en sí mismos, son una importante fuente laboral para Urubichá, pues en ellos trabajan 53 personas en forma remunerada.

Paralelamente, el ejemplo de los niños de Urubichá produjo un fenómeno inesperado para un proyecto cuyo objetivo apenas se limitaba a que los jóvenes de la aldea más pobre de la Chiquitania pudiera tener, mediante la música, una herramienta para mejorar sus condiciones de vida. Era tanta la pasión y dedicación que ponían estos niños en participar y aprender, que pronto comprendimos que esta obra producía beneficios sociales inconmensurables. Surgió, entonces, la posibilidad de crear este gran proyecto “Formando músicos en la Amazonia Boliviana” gracias al financiamiento de AVINA. Es así como 1.500 estudiantes de las misiones franciscanas de Guarayos, misiones jesuíticas de Chiquitos y el barrio Plan 3.000 de Santa Cruz de la Sierra, tienen la oportunidad de participar de nuestros programas de coros y orquestas.

Ahora son más de una decena de orquestas las que están en operación, replicando en comunidades similares el aporte de la música y el arte a la dignidad humana. Vemos cómo los municipios están viendo a la cultura y al turismo asociado a ella como una prioridad, como una oportunidad de desarrollo, destinando no menos del 5 % de sus presupuestos sólo en difusión musical.

Nos hemos convertido en un camino, en una esperanza para superar los obstáculos más adversos. Si bien la pobreza en Urubichá parece inalterable, sin duda que se está produciendo una transformación. Vemos a jóvenes que tras muchos esfuerzos, logran comprarles ropa a sus familiares, mientras otros llegan con alimentos o materiales para arreglar sus chozas. Quizás las condiciones materiales no cambiarán tanto, pero con toda seguridad se ha realizado una transformación radical en el corazón de estos jóvenes. Ellos saben que pueden ser ganadores, que pueden ser un aporte para la sociedad, que pueden conseguir lo que desean con sólo proponérselo y trabajar duro hasta lograrlo. E incluso, si nada de eso se cumpliera, saben que al interior de sus almas guarayas guardan un tesoro que nadie les puede quitar, un botín invaluable de melodías y ritmos que son el único camino posible para cruzar el río del “caimán peludo” y llegar al paraíso.